"Muchos vendrán en mi nombre diciendo: 'Yo soy el Cristo', y engañarán a muchos"

(Mr.13:6).

 

Iglesia Cristiana Adventista del Séptimo Día

Amable Morales

 

En 1830, WILLIAM MILLER anunció que la 2ª Venida ocurriría en 1843, basándose en una particular interpretación de Dn.8:14 ("Hasta 2300 tardes y mañanas; luego el santuario será purificado"). Según Miller, los 2300 son días proféticos (años), y deben contarse desde el edicto de Artajerjes que permitió el regreso a Esdras (?). Así llegó al cálculo del año de la 2ª Venida: 1843. Cuando el tiempo demostró el error, uno de sus seguidores -Samuel Snow- revisó los cálculos y fijó una nueva fecha, el 22 de octubre de 1844.

Como tampoco vino el Señor, el mismo día 23, un tal Hiram Edison declaró haber tenido una visión de Cristo junto a un altar en el cielo, lo que le llevó a una contundente deducción: Miller y sus seguidores habían acertado en la interpretación del tiempo de Daniel 8, pero se equivocaron en cuanto al lugar: Según la visión de Edison, la 2ª Venida ya se ha producido en el cielo, donde Cristo está ahora purificando el santuario celestial (?).

Los adventistas tienen su origen en esta visionaria interpretación de Daniel 8, que asumieron desde su origen en 1860. Pero aún hay más visiones; pocos años después, Elena White -la gran "profetisa" y maestra del adventismo- recibió otra visión reveladora que añadía luz e interpretación acerca del tercer ángel en Ap.14:6-13:

Lo que el ángel quiso decir (v. 11) es que aquellos que no guardan el sábado son adoradores de la bestia y por ello tienen la marca del Anticristo.

Los auténticos creyentes (v. 12) muestran su perseverancia y fidelidad guardando estrictamente el cumplimiento del Decálogo (?).

Los adventistas se presentan como cristianos evangélicos. Tal afirmación no resulta chocante cuando uno se acerca a sus reuniones, en las que destaca la 'pureza' de sus formas; ni tampoco cuando uno contempla su valiosa proyección social o su énfasis en la santificación de la familia. Es cierto que si uno lee su base doctrinal oficial, contenida en el libro "27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día", (Asociación Ministerial de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día, Editorial Safeliz), encuentra que muchas de ellas son claramente identificables como evangélicas. Pero tres de sus doctrinas, que se derivan de su peculiar interpretación de Dn. 8 y Ap. 14, atentan frontalmente a la esencia misma del Evangelio.

 

La ley de Dios y la observancia del Sábado

En su base doctrinal, los adventistas afirman que "si bien es cierto que la muerte de Cristo terminó con la autoridad de la ley ceremonial, por otra parte estableció la ley de los 10 Mandamientos"  (1). En la práctica, ese énfasis se concreta en la necesaria observancia del sábado.

Para ello, citan las palabras del propio Jesús: "no he venido para abolir la ley, sino para cumplirla", en Mt.5:17. Pero conviene recordar que tal afirmación del Señor se encuentra en el contexto del "Sermón del Monte", donde bajo la reiterada fórmula "oísteis que fue dicho... pero yo os digo", el propio Jesucristo hace referencias a la ley, pero no al Decálogo en sí mismo. Confronta a los oyentes con la carta de divorcio, el jurar en falso, la ley del talión, etc. En las dos únicas ocasiones en que sí hace referencia al Decálogo, precisamente es para ir más allá de la literalidad: Frente al "no cometerás adulterio", sentencia que la lascivia es equivalente.

En su énfasis legalista sobre el sábado, los adventistas no dudan en despreciar la evidencia. Aunque el Nuevo Testamento muestra que desde el comienzo se adoptó el domingo como el día de adoración, en recuerdo de la resurrección (Mt.28:1), los adventistas afirman con atrevida rotundidad que

 "hasta el siglo II, no hay evidencia de que los cristianos celebraran reuniones semanales de culto en domingo... La popularidad e influencia que le confería la adoración al sol de los romanos paganos, sin duda contribuyó a su reciente aceptación como día de culto... Los conversos cristianos provenientes del paganismo se sentían constantemente atraídos hacia la veneración al sol. Esto se indica... por los significativos reflejos del culto al son que aparecen en la liturgia cristiana" (2).

En la argumentación de su distintiva doctrina sabática, los adventistas llegan incluso a la paradoja de dar más importancia a la muerte del Señor que a su resurrección:

"Es interesante notar que Jesús descansó en la tumba en un sábado. ¡Qué día para que culminase en él la redención! El "es bueno" de la Creación se une con el "consumado es" de la redención, cuando el Autor y Consumador nuevamente reposa tras haber completado su obra" (3).

Por último, el legalismo lleva a los adventistas a asociar la no observancia del sábado con las señas de la apostasía:

"El asunto final de discusión implica la adoración verdadera o falsa, el evangelio verdadero o falso. Cuando este punto se presente claramente delante del mundo, aquellos que rechacen el memorial de la creación divina -el sábado bíblico- eligiendo adorar y dar honor al domingo, conociendo claramente que no es el día de adoración dado por Dios, recibirán la marca de la bestia" (4).

 

La Inmortalidad Condicional

Los adventistas afirman categóricamente que

"en la Palabra no hay ningún texto que denote que el alma o el espíritu puedan tener una existencia consciente fuera del cuerpo" (5); "en el sepulcro hay absoluta inconsciencia. Por cuanto la muerte es un sueño, los muertos quedan en estado de inconsciencia en el sepulcro hasta la resurrección".

Para defender esta enseñanza -fundamental para mantener su doctrina sobre la expiación y el juicio investigador, que veremos luego-, los adventistas citan una larga lista de textos bíblicos, donde los términos "alma" y "espíritu" son utilizados en un sentido genérico, en relación con la vida, los deseos, las pasiones, la persona o la vitalidad.

Aunque en esas citas el significado es tal como lo indican, los adventistas pasan por alto todos los textos en los que con claridad se nos habla de vida después de la muerte, sin la existencia del cuerpo. Ejemplos como los de Job 19:25-27 ("después de desecha ésta mi piel, veré a Dios") ó 2Co.5:1-8 ("ausentes del cuerpo, presentes con Dios") son ignorados sin ningún miramiento.

Y las palabras del propio Cristo al ladrón en la cruz, en Lc.23:42-43 ("de cierto, de cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso"), no dudan en explicarlas diciendo que hay un error ortográfico en todas las versiones de la Biblia. En todas excepto en la suya, claro, que según ellos recoge la auténtica redacción del original: "de cierto, de cierto te digo hoy, que estarás conmigo en el paraíso". Con este cambio, la promesa sigue vigente, pero el tiempo de su cumplimiento queda aplazado para un futuro. Da lo mismo que la expresión "de cierto, de cierto te digo" sea un modismo rabínico, inequívoco para todos los historiadores; la necesidad que los adventistas tienen de encajar sus enseñanzas visionarias les hacen torcer sin rubor las palabras del mismo Jesús.

Para los adventistas, por lo tanto, la muerte física abre un tiempo de inconsciencia del que sólo se despierta en el juicio final, cuando los salvos accederán a la vida eterna y el resto será aniquilado, borrado de la existencia. Es decir, para los adventistas no existe el infierno, al que únicamente dan un valor simbólico equivalente a la "no existencia". Tal planteamiento doctrinal les lleva a interpretaciones forzadas de pasajes como -por ejemplo- Ap.20:10-15, donde el diablo, sus huestes y los no inscritos en el libro de la vida son lazados al algo de fuego para "ser atormentados día y noche por los siglos de los siglos".

Quizá algunos crean que la enseñanza sobre la aniquilación de los impíos no tiene mayor trascendencia, pensando que no importa su destino final. Pero esa perspectiva -además de comprometer seriamente la interpretación de muchos textos bíblicos- haría válida la descreída y atea expresión del "comamos y bebamos, que pronto moriremos".

 

La Expiación

Sin duda es la doctrina más característica y distintiva de los adventistas, y también -a mi juicio- la más aberrante desde un punto de vista bíblico.

a) El santuario celestial. Según los adventistas, la obra expiatoria de Cristo no alcanzó en la cruz su plenitud y perfección, pues quedó pendiente quitar los pecados del santuario celestial:

"La sangre de Cristo, si bien tenía que liberar de la condenación de la ley al pecador arrepentido, no tenía como misión, en cambio, la de cancelar el pecado, pues éste había de permanecer como testimonio en el santuario hasta la expiación final" (Elena White).

"En 1844, al concluir el período profético de los 2300 días, Cristo entró en el 2º y último aspecto de su ministerio expiatorio: Un juicio investigador que forma parte de la eliminación definitiva del pecado" (6).

Para los adventistas, igual que el sumo sacerdote tenía que acceder una vez al año al lugar santísimo para perfeccionar los sacrificios rituales, Cristo comenzó en 1844 su obra para perfeccionar su expiación por el pecado. Eso se opone frontalmente a las enseñanzas de la carta a los Hebreos, donde encontramos afirmaciones categóricas sobre el valor y efecto del sacrificio de Cristo: "lo hizo una vez para siempre" (7:27); "entró una vez para siempre en el lugar santísimo" (9:12); "ofreció una sola vez para llevar el pecado de muchos, y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado" (9:28)...

Pero como los adventistas se empeñan en atribuirle a Cristo un ministerio de expiación desde 1844 en ese misterioso santuario celestial, veamos su descripción acerca de ese ministerio:

b) El Juicio Investigador. En su declaración doctrinal, los adventistas dicen que

"El juicio investigador pone de manifiesto frente a las inteligencias celestiales quiénes de entre los muertos duermen en Cristo y por lo tanto se los considerará dignos, en él, de participar de la primera resurrección. También aclara quiénes están morando en Cristo entre los que viven, guardando los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, y por lo tanto estarán listos en él para ser trasladados a su reino eterno" (7).

Afirmar que Cristo tiene que discernir los que son salvos, es negar su omnisciencia preexistente; o sea, negar implícitamente su plena Divinidad. Y mantener que el pecado ha estado (y sigue estando) presente en las esferas celestiales, es negar la contundente y taxativa declaración profética de Juan el Bautista: "este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn.1:29), y restar validez a la declaración de Dios mismo: "Yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados" (Is.43:25).

Aparte de las visiones del Sr. Edison y la Sra. White, los adventistas no son capaces de aportar ninguna base bíblica que sustente sus doctrinas sobre la expiación en curso. Lo más que se atreven a hacer es una errática peregrinación por la carta a los Hebreos, torciendo un lenguaje claramente simbólico para darle un valor literal, que permita justificar sus doctrinas visionarias.

Para terminar con sus 'alucinaciones' interpretativas, los adventistas completan su enseñanza sobre la expiación y el juicio investigador con otro detalle no menos rocambolesco y herético:

c) La Descarga final de los pecados sobre Satanás. Interpretando en Lv.16:8 a Azazel como Satanás, los adventistas aducen y enseñan que en el juicio final Dios cargará sobre Satanás todos los pecados de los redimidos:

"La plena responsabilidad por el pecado será colocada ahora sobre Satanás" (8).

Otra vez nos encontramos con una enseñanza que degrada a la Persona y Obra de Jesucristo, del que la Biblia enseña claramente que "se hizo maldición (pecado) por todos nosotros" (Gá.3:13), porque "Dios cargó en él el pecado de todos nosotros" (Is.53:6).

 

"Si alguno enseña un Evangelio diferente...". Da lo mismo el título que se asignen a sí mismos los adventistas, la similitud en muchas de sus prácticas, o su todavía inexplicable pertenencia a la FEREDE que tan machaconamente alegan para reclamar su legitimidad evangélica. Por encima de todo ello, destacan unas enseñanzas que menoscaban la Obra de Cristo, en abierta negación de la Verdad revelada. Quizá por esa contradicción, se ven obligados a equiparar la autoridad de la Sra. White con la propia Biblia:

"Como mensajera del Señor, sus escritos son una permanente y autorizada fuente de verdad, y proveen consuelo, dirección, instrucción y corrección a la iglesia" (9).

Desde un profundo respeto y reconocimiento hacia su ejemplar obra social, la esencia de sus enseñanzas doctrinales deben llevarnos a considerar a los adventistas como hombres y mujeres necesitados de entender el limpio mensaje del Evangelio, aquel que declara a Cristo como el autor y consumador de la fe, quien habiendo muerto y resucitado está sentado a la diestra del Padre, esperando (sin nada más que hacer) hasta el sometimiento de sus enemigos, porque con su ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.

 

----------

Información sobre las doctrinas adventistas en su propia página web: http://www.unionadventista.es/iframe.php?file=NuestrasCreencias.html.

Notas:

  1. "27 Creencias de los Adventistas del Séptimo Día", pág. 281.

  2. Op. cit. págs. 300-301.

  3. Op. cit. pág. 307.

  4. Op. cit. pág. 193.

  5. Op. cit. págs. 97 y 409.

  6. Op. cit. pág. 360.

  7. Op. cit. pág. 360.

  8. Op. cit. pág. 367.

  9. Op. cit. pág. 250.

 

Amable Morales

Edificación Cristiana, nº 220

Septiembre-octubre 2005